EDITORIAL

¿Hasta qué punto el profesor universitario debe encargarse del proceso educativo y formativo de sus estudiantes?

Si le hiciéramos esta pregunta a algún docente de educación inicial, primaria o secundaria, es decir, un profesor que haya egresado de una facultad de educación o de un instituto pedagógico, dirían que la respuesta es obvia, pues para eso los han preparado en sus centros de estudios.

Pero si les preguntásemos lo mismo a profesores universitarios, la respuesta no sería tan unánime. De lo primero –el proceso educativo– no hay duda, dirá la mayoría, pues somos profesores universitarios y tenemos que proporcionar a los futuros profesionales los conocimientos y habilidades propios de la carrera.

De lo segundo –el proceso formativo– algunos dirán que sí y algunos otros, o quizás la mayoría, dirá que no es su función, o por lo menos no la principal.

Habría que aclarar a que nos referimos con proceso formativo. Con el término “formativo” nos referimos, básicamente a inculcar en nuestros estudiantes normas de comportamiento propias de la vida universitaria, desarrollar sentimientos positivos, desarrollar también actitudes positivas y, finalmente, aunque no menos importante, desarrollar valores morales.

Un par de anécdotas al respecto:

Una profesora de la Facultad de Educación me contó que una vez vio a una pareja de estudiantes besándose apasionadamente en los pasillos de la facultad. No eran alumnos de su clase, pero se acercó donde ellos y les dijo a viva voz que dejaran de hacer lo que estaban haciendo, que los ambientes de la facultad no era para demostraciones de afecto de ese tipo. Los alumnos la obedecieron y dejaron de abrazarse y besarse.

En otra oportunidad, me encontré con un profesor amigo en el primer piso de la Facultad de Psicología y me pidió que lo acompañara al tercer piso a inscribirse para asistir a un congreso. Subiendo nos cruzamos con un alumno. El alumno miró al profesor un instante y luego siguió bajando. Yo no conocía al alumno, pero mi amigo sí, pues era alumno de uno de sus cursos. Entonces me dijo que en su próxima clase le llamaría la atención por no haberlo saludado al cruzarse con él. Me explicó que él les había indicado a sus alumnos que cada vez que se cruzaran con él o con cualquier otro profesor debían saludarlo. Me dijo también que ya en una primera oportunidad el alumno había hecho caso omiso a la norma y no lo había saludado y que ahora había reincidido en su falta.

¿Tienen ustedes una opinión al respecto? ¿Debió la profesora intervenir y llamarles la atención a los alumnos que estaban besándose en los pasillos por considerar ella que se trataba de un ambiente impropio para ese tipo de demostraciones de afecto? ¿O debió seguir su camino, aún si le molestara lo que estaba observando? Total, se trata de personas adultas que saben lo que hacen, no estaban dentro del aula de clases en ese momento y, además, ella no era su profesora y mal hacía en llamarles la atención.

¿Y qué opinan sobre la intención del profesor de llamarle la atención a su alumno por reincidir en su falta de no saludar? Él les había hablado sobre la importancia de tener comportamientos cívicos, como el saludar y les había indicado que lo hagan así cada vez que se cruzaran con los profesores, autoridades y demás personal de la facultad. ¿O consideran ustedes que ésta no es una labor del profesor universitario, que estos comportamientos se deben enseñar en el hogar o en el colegio? Además, ¿qué importancia tiene realmente el que un alumno salude o no? Lo que realmente debe importar es que sea un buen estudiante y que demuestre tener habilidades profesionales. El resto, la parte formativa, ya depende de él.

Sería bueno que los profesores universitarios contribuyamos a la formación de profesionales “completos”, y por completos, me refiero a que tengan los conocimientos y habilidades propias de su profesión, pero también los comportamientos, sentimientos, actitudes y valores que acompañan, complementan y potencializan a los primeros. Todos nosotros conocemos de periodistas, abogados, médicos, ingenieros y demás profesionales (nadie se salva), y también de jueces, congresistas, ministros e incluso ex presidentes que probablemente tengan amplios conocimientos y habilidades, pero que carecen de actitudes y valores y que por eso no los podemos consideran buenos profesionales, profesionales “completos”, a carta cabal.

Aprovecho la oportunidad para pedirles que lean nuevamente el artículo de mayo de 2011, El profesor como persona, del psicólogo mexicano Francisco Ayala. Seguramente su lectura va a aclarar sus dudas al respecto.




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