EDITORIAL

Nuevas formas de aprender y enseñar en la universidad

Acabo de cumplir 61 años. Me encuentro en una etapa crucial en la vida del docente, que invita a reflexionar sobre lo vivido. Vienen a mi mente muchos recuerdos de mi infancia y adolescencia. Por ejemplo, remembranzas de las clases en el colegio donde estudié la primaria y la secundaria: que los profesores ?dictaban? sus clases y nosotros sólo escuchábamos y tomábamos apuntes. Casi no había intervenciones de parte nuestra y si las había, el profesor manifestaba que iba a responderlas al final de clase, cosa que nunca hacía. Los alumnos trabajábamos aisladamente en el salón de clases y sólo buscábamos el ?apoyo? de los otros en el momento de los exámenes. Recuerdos gratos y entrañables, pero que revelan una educación básica con un modelo tradicional que felizmente ha cambiado mucho.

Cuando ingresé a la Universidad, la forma de enseñar y de aprender casi no varió. Surgían las preguntas: ¿no hay cambio alguno?, ¿así es la enseñanza en la Universidad? Los profesores entraban y salían del aula, impartían sus conocimientos y se iban, sin preocuparse si habíamos comprendido o no. Recuerdo vívidamente las clases de Psicofisiología, que las impartía un médico cirujano de avanzada edad. Puntualmente llegaba al aula donde lo esperábamos unos 200 estudiantes. Se dirigía a la gran mesa que estaba sobre el estrado, donde colocaba sus tizas de colores y su mota. Casi sin mirarnos ?estaba siempre de espaldas a nosotros? empezaba a hablar sin parar y a dibujar en la pizarra. Al cabo de una hora, tan silenciosamente como había entrado, salía del salón. No había preguntas durante sus clases, él no las hacía y nosotros no nos atrevíamos a formularlas. Sus exámenes eran de los más difíciles de la carrera, obtener un 12 era una proeza y con un 14 saltábamos de felicidad. Su forma de enseñar obligaba a tomar nota de todo lo que decía en clase y a copiar todos los dibujos que hacía en la pizarra. Algunos de nuestros compañeros grababan en las antiguas grabadoras de cassettes las clases del curso, grabaciones que luego pasaban a hojas de papel y vendían a todos los que estábamos desesperados por aprobar. No creo recordar nada significativo de ese curso.

Es que entonces, como hasta hoy, existía la idea arraigada en la mayoría de los profesores universitarios de que no necesitaban recursos pedagógicos y que les bastaba su propio saber y la exhaustiva especialización y dominio de su materia que, sin embargo, no estaba siempre presente. Años después tuve ocasión de leer un contundente artículo de Mario Bunge, en el que decía: ?El mal profesor es un esclavo de su apuntador interno o del texto. Repite de memoria sus lecciones y suele gustarle que sus estudiantes tomen apuntes y estudien sólo en ellos. No invita a preguntar, menos aún a dialogar. Se desconcierta cuando le formulan preguntas y se enoja mucho cuando le hacen objeciones??.

Al terminar la carrera, empecé a trabajar como Jefe de prácticas en la Universidad. Años después me encargaron la responsabilidad de impartir un curso. Por muchos años desarrollé mis clases en los mismos grandes salones donde yo fui alumno, pero después, cuando se inauguró un pabellón nuevo y moderno, las aulas eran más pequeñas, para menos alumnos, y ya no tenían mesas sino que contaban con carpetas individuales. Todo esto suponía un cambio importante en la concepción de la enseñanza y el aprendizaje.

Desde la época en que estudié la secundaria (época de la Reforma educativa) la forma de impartir clases en la educación básica ha cambiado. El enfoque conductista del aprendizaje ?centrado en la adquisición de respuestas? dio paso a un enfoque cognitivo del mismo ?centrado en la adquisición de conocimientos? y, posteriormente, a un enfoque constructivista ?centrado en la construcción de significados. El papel del alumno dejó de ser pasivo para pasar a ser cada vez más activo, y el profesor dejó de ser el protagonista del aprendizaje para pasar a ser un facilitador del mismo. Considero que hoy en día en los colegios se enseña mejor de lo que se enseñaba cuando yo era un escolar. Y ya no se aprende solamente conocimientos, sino que ahora hay un énfasis en el aprendizaje de capacidades y habilidades y también en el de normas, actitudes y valores.

Pero dicho cambio no llegó a la Universidad. Los profesores universitarios todavía creen que su principal tarea es impartir bien los conocimientos de su asignatura, es decir, proporcionar información. La didáctica, la planificación, el hacer que los estudiantes participen activamente en la clase, intervengan en los debates, elaboren dramatizaciones y trabajen en pequeños grupos, es ?algo propio de la escuela?. Ni que hablar de la función como tutores de nuestros estudiantes. Hacer eso se ve ajeno al papel de ?catedráticos universitarios?, y lo que verdaderamente vale es la ?transmisión? del saber, la información abundante.

Persiste la resistencia de la Universidad y de los profesores universitarios a la renovación pedagógica que radica, sobre todo, en la inercia cómoda del papel tradicional del profesor universitario con su rol de vox sapientiae (el profesor lleno de sabiduría, que se limita a administrar a los neófitos todo lo que sabe) o de judex sapientiae (el supremo juez, impertérrito, esperando que en el momento solemne del examen los estudiantes demuestren cuánta sabiduría impartida por él han logrado asimilar). El profesor así, sin siquiera saberlo, es un acérrimo informacionista-culturalista, que otorga importancia extrema a la cantidad de contenidos enseñados y que el estudiante los reproduzca lo más exactamente posible.

Las condiciones actuales y la exigencia social están haciendo que esta situación tienda a cambiar. El papel del profesor universitario debe redefinirse considerando no sólo la calidad de la formación profesional, sino también la calidad de la enseñanza, tomando en cuenta las nuevas demandas curriculares y profesionales y asumiendo perfiles diversos: docente, investigador y gestor. Sólo así podrá responder a los requerimientos científicos, culturales y sociales del presente siglo. Además, perentoriamente deberá romper el nefasto contrato social todavía existente de lección/apuntes/examen/notas para convertirlo en autoestudio/tutoría/trabajo/evaluación. El desarrollo de la tecnología de la información en los últimos años, ha permitido que el estudiante tenga un rápido y fácil acceso a la información y al intercambio de esta con sus compañeros. Por otra parte, el propio estudiante universitario ha cambiado. Es un estudiante que quiere intervenir en clase y que por su condición icónica y de screenager no concibe estar escuchando por largo tiempo a un profesor exponer, por más interesante que sea lo que está exponiendo.

El desarrollo de nuevas perspectivas teóricas del aprendizaje, del constructivismo y más recientemente del cognitivismo social, ha permitido el surgimiento de nuevas formas de aprender y enseñar que pueden mejorar la calidad de la formación académica y profesional que se imparte en la Universidad, pero los profesores universitarios son, en su mayoría, reacios a ello.

Por otra parte, el ingreso de las TIC ha hecho que ahora se hable de ?clase virtual?, ?plataforma virtual?, ?aprendizaje semipresencial? (blended learning), ?aprendizaje invertido? (flipped learning), todos ellos de cada vez mayor presencia en muchas universidades del mundo. Es hora que hagamos lo mismo.




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